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Cuando el rumor se disfraza de periodismo y empieza a venderse como verdad revelada

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Luis Semprún Jurado



El Bohemio amanecía con calor de horno viejo. El ventilador giraba lento, derrotado,

mientras el café negro circulaba como combustible de guerra entre las mesas. Anacleto

llegó con la columna doblada bajo el brazo y esa expresión que ya todos conocíamos: la

de quien viene dispuesto a practicar arqueología política. Me saludó con un ademán y

soltó un “Hola” para los demás. Acomodó el sombrero sobre la mesa, y tiró a su lado las

hojas de una columna.





El coronel retirado levantó la vista apenas lo vio entrar. «¿Otra vez el “radical”?»

Anacleto dejó el portafolio sobre la silla a mi lado. «Sí, camarita. Y volvió recargado. Esta

semana no escribió una columna: escribió un guión de película de espías de presupuesto

de bodega.» «Leamos» dijo, ajustándose los lentes de carey. «Y no se espanten. Hoy

tampoco voy a leerlo todo. Solo lo que vale la pena desmontar. Porque este señor no

escribe columnas: escribe libretos para mantener viva la ansiedad de sus clientes, los

mismos de siempre, los que compran esperanza en cuotas semanales.»

La profesora acomodó sus lentes. «¿Y cuál es la frase de apertura esta vez?»

Anacleto desplegó las hojas lentamente y leyó con solemnidad teatral: «“Me informan

que…”» la miró y continuó «el Rodrigato afina una propuesta que presentará al gobierno

de Estados Unidos para impulsar supuestamente la transición democrática…»»

Ni siquiera terminó cuando el viejo periodista soltó una carcajada. «La frase más peligrosa

del periodismo moderno: «me informan». ¿Quién le informa? ¿Tiene credibilidad? ¿Fuente

fantasma o invisible? ¿Alguna prueba o indicio? No. Como de costumbre: pura paja

sacada de un nido de palomas.»

El coronel retirado dejó la taza de café negro cerrero sobre la mesa. «Palabras que

resumen toda una carrera: «me informan», «me confirman», «me cuentan». El venezolano

solo tiene que consultar la Constitución para saber cuál es el camino correcto. No el de

los vericuetos a los que está acostumbrado este columnista.»

La estudiante de sociología tomó notas rápidamente. «Eso no es información; es

arquitectura de percepción.»

«Correcto, mi niña», dijo Anacleto. «El problema no es usar fuentes anónimas. El

problema es convertir la fuente fantasma en sustituto permanente de la evidencia.» dijo

Anacleto, encendiendo un cigarrillo «no es que informe mal. Es que ni siquiera informa,

insinúa, no demuestra, sugiere, no presenta pruebas, construye atmósferas. El método es

viejo: «me dijeron», «un amigo vio», «una fuente aseguró». Y sobre esa gelatina arma

castillos de conspiración donde todo cabe: golpes, purgas, traiciones, mafias, guerras

internas, espionaje, operaciones gringas y hasta funerales políticos prematuros.» Tomó

un sorbo de café. «La tragedia es que algunos todavía confunden paranoia con

periodismo.»

«Y la otra frase infame» apuntó la profesora, subrayando con un lápiz rojo «es «me

confirman». ¿Quién o quiénes? Fantasmas que parecen solo existir en el mundo de

fantasías que pinta este radical. Si tuviera suficiente información, no haría el ridículo

escribiendo sandeces.»

«Y el remate» añadió el pichón de periodista: «»no me quisieron dar los detalles». Eso se

traduce en: uno, de existir tal «solución», no confían en él como para compartir información

sensible; dos, es otro intento de usar la guerra cognitiva para crear esperanzas inútiles,

como en los últimos veintipico de años, en los que aún hay quien le cree.»



«Fórmula perfecta» sentenció Anacleto, exhalando una bocanada de humo. «No identifica

fuentes, no compromete pruebas y convierte cualquier rumor en atmósfera política. El

columnista vive en una realidad alterna donde las frases de Trump no existen y las

«reuniones» son tan reales como sus fuentes.»

La profesora intervino con su precisión de archivo. «Eso tiene nombre: fabricación

narrativa de percepción. En la guerra cognitiva no importa demostrar; importa instalar

sensación.»

El coronel retirado arqueó las cejas. «En lenguaje militar eso se llama operación

psicológica barata.»

«Y miren el circo» dijo Anacleto, pasando a la siguiente página. «Ahora resulta que las

peleas entre algunos personajes en redes sociales son el resquebrajamiento del

chavismo.» Leyó en voz alta: «»Los enanos y payasos del circo se están destruyendo

entre ellos públicamente… hacia adentro la lucha es mucho más a cuchillo.»»

El boticario, con esa ingenuidad que a veces es más sabia que mucha ciencia, preguntó:

«¿Y eso significa que el chavismo se está cayendo?»

Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien ha visto demasiadas profecías apocalípticas

incumplidas. «No, camarita. Significa que este señor necesita desesperadamente que el

chavismo se caiga. Por eso agarra cualquier pelea de redes sociales y la convierte en

«lucha a cuchillo». No es casualidad que quiera abrigarse con eso de no haber sido

chavista» y que «el chavismo siempre ha sido un circo». La realidad es que nunca lo

dejaron acercarse porque, como dice el refrán, «árbol que nace torcido, nunca sus ramas

endereza». Además, los politiqueros de la IV le permitían vivir con comodidad haciendo

este tipo de escritos, porque siempre dejaban «alguito»»

«Asume que las peleas de algunos significan el resquebrajamiento del chavismo» dijo la

profesora, «cuando es totalmente lo contrario: a pesar de las peleas, las discrepancias

personales y los efectos de la guerra cognitiva, hay y siempre habrá unidad en la acción.

Los ataques personales que hace son los que ve cuando se mira al espejo.»

El viejo periodista, desde la barra, soltó su comentario con esa sabiduría de quien ha visto

demasiadas tormentas. «Lo que este hombre no entiende es que la política no es una

telenovela. Las peleas públicas no son fracturas terminales. Son peleas. Punto. Pero él

necesita vender la idea del colapso inminente, porque si no hay colapso, no hay noticia; si

no hay noticia, no hay columna; y si no hay columna, no hay ingresos.»

«Y hablando de ingresos» dijo Anacleto, pasando otra página, «miren cómo trata a Juan

Pablo Guanipa. Primero fue su amigo, ahora es un «tequeño cruo» que solo fue a Estados

Unidos a mostrarse con la Sayona. La coherencia no es su fuerte, camaritas. La

coherencia no vende titulares.»

Carmen sonrió con ironía desde la barra. «Para lo único que sirvió la «gira de ese señor

fue para mostrar la «cara humana» de la majunchería mayamera, en especial de los

palangristas que temen que los desplacen de no sé cuál opción promisoria. Juan Pablo

sabe muy bien que la Sayona no tiene la más mínima posibilidad de gobernar Venezuela,

igual que él, pero que vale la pena intentarlo.»

El café estalló en risas.

«Y ahora llegamos a la sección del doble juego» dijo Anacleto, ajustándose los lentes.

«Ocho páginas para decir que el TSJ se está renovando y que eso es malo porque lo

hacen ellos y no la oposición.» Leyó en voz alta: «»Ya expulsaron vía jubilación, renuncia

o traslados a los magistrados que consideraban fieles al clan Maduro-Flores… han

ejecutado una purga en el actual Tribunal Supremo de Justicia.»

La profesora levantó una ceja con escepticismo. «Pensé en comentar algo, pero ¿sobre

qué? Esto es un nido de palomas. A veces pienso que es racismo y resentimiento, pero

luego veo que no vale la pena gastar pólvora en zamuros. No olviden: si cumplieron su

etapa y se jubilan, «les cortaron la cabeza» y si no lo hacen, «están atornillados». Ah, y



una gota de veneno para el hijo de Luis Emilio Rondón por aceptar trabajar para y por los

venezolanos.»

«Un genio de la cuadratura del círculo» dijo Anacleto. «Todo lo que hace el gobierno está

mal, y todo lo que el gobierno deshace también está mal. ¿Qué salida le queda al

funcionario? Ninguna. Él no busca justicia, busca morbo.»

El pichón de periodista anotó algo en su libreta. «Y en la sección de la auditoría de la

Alcaldía, dice que «nadie dice nada, pero todos tienen miedo». Que sus amigos de años

se hacen los pendejos». Hasta razón tendrán los que nada le cuentan.»

«Cuando hasta «sus amigos de años» se hacen los pendejos para no decirle nada» dijo

Anacleto, «así será la confianza que le tienen. Hay un viejo refrán que reza: «Cría fama y

acuéstate a dormir»;. En todo lo que escribe deja en claro su razonamiento: si hay auditoría

es persecución, y si no la hay es complicidad. La auditoría no es una demostración de

control y seguimiento en una gestión transparente… es «persecución». Y de nuevo la púa:

el gobernador Caldera tiene sus manos metidas en todo eso para «acabar» con el italiano.

¡Cizañero!»

El coronel retirado, con su voz grave de hombre de oficio, intervino. «Una auditoría no

significa persecución. Significa control administrativo, seguimiento, supervisión. Lo que

debe hacerse en cualquier gestión pública transparente. Para cualquier gobierno normal,

una auditoría es control. Pero para este columnista, es una cacería de brujas. Cuando

Ramírez y luego Romero eran alcaldes y no había auditorías, no decía nada. Porque allí

había palangre. Ahora que hay auditoría, y es real, la llama «persecución». No sé, ustedes

díganme.»

Anacleto se sirvió otro café. «La pregunta del millón, camaritas: ¿por qué este señor odia

tanto a Di Martino? ¿Será porque Di Martino llegó, ordenó la ciudad, puso auditorías,

exigió resultados, y eso les rompió el negocio a los que vivían del desorden? Él no lo

perdona. Por eso escribe contra él semana tras semana. No es periodismo, es venganza;

no es denuncia, es resentimiento. ¿Por qué no mostró el mismo fervor auditor cuando

otros alcaldes manejaban recursos municipales sin tanto escrutinio?»

La profesora sonrió. «Porque allí había buena palangre.»

«Y ahora» dijo Anacleto, pasando a la página final, «la perla de la semana. La denuncia

de una «vacuna» en el Parque Ana María Campos. Y resulta que los datos son concretos:

nombres, apellidos, lugares. «Ricardito», «Yelitza». ¿Se dan cuenta, camaritas? Cuando

tiene la información, la pone. Cuando no la tiene, inventa.»

«Según confesión propia en columnas anteriores» dijo el viejo periodista, «siempre ha

estado criticando, señalando y denunciando la gestión del burgomaestre. ¿Ahora le da

datos? ¿Qué habrá detrás? ¿Será que le fue con el cuento al gobernador, quien según su

guerra cizañera le tiene hambre al alcalde, y este no le paró bolas? Ah…¿Y los

emprendedores le tienen más confianza a él que al alcalde? ¡Qué les puedo decir!»

«Pero miren» dijo Anacleto, levantando la última hoja, «la sección del joven asesinado en

Casigua. Ahí sí tiene información de verdad: nombres, apellidos, grados, lugares. No hay

«me informaron», no hay «me confirmaron». Hay hechos. ¿Ven la diferencia cuando se

tiene la información? Aunque siempre le meta su veneno, es un caso concreto. No existen

«supuestamente», «se dice», «me confirman» sin nada ni nadie que los sustente. Eso,

camaritas, se llama periodismo. Lo otro… es otra cosa.»

Anacleto apuró el café, dejó la taza sobre la mesa y encendió un cigarrillo. «Camaritas, el

problema no es el chisme. El chisme existe desde que el primer cavernícola acusó al otro

de robarle el fuego. El problema es cuando el rumor se disfraza de periodismo y empieza

a venderse como verdad revelada. Este hombre es un mercenario del rumor. Su columna

no es un espacio de denuncia, es un catálogo de servicios no prestados. La verdad, como

la luz del sol, termina por aparecer. Y cuando aparece, él ya está escribiendo otra columna, sobre otro supuesto complot, con otras fuentes anónimas, esperando que esta

vez alguien pague.»

Se levantó y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa

costumbre que ya es su sello. «Denunciar con pruebas es una obligación moral. Pero

fabricar tempestades para mantenerse relevante es otra cosa muy distinta. Hay

periodistas que investigan la realidad… y otros que viven alquilándole pesadillas a una

nación cansada.»

El ventilador siguió girando. Y la expresión quedó flotando en el aire, con la certeza de

que el columnista volverá la semana siguiente a escribir otra columna igual, con las

mismas fuentes invisibles y la misma desesperación por ser relevante. Porque, como dice

el refrán: «Perro viejo late echa’o, pero siempre pendiente».

El método del «suponte» y el resentimiento como motor – El columnismo basado en el

«me informan o «me confirman» ya no es solo una técnica periodística deficiente; en este

caso, es el vehículo de una venganza personal. La columna que hoy desmontamos es el

ejemplo perfecto: el método se activa cuando el objeto del ataque es un adversario

político como Di Martino, a quien se acusa de persecución sin presentar una sola prueba

de la auditoría. Sin embargo, ese mismo método desaparece mágicamente cuando se

trata de denunciar un caso concreto como el del joven asesinado en Casigua, donde de

repente afloran nombres, apellidos y datos verificables. Esta dualidad demuestra que el

autor no opera bajo una lógica de búsqueda de la verdad, sino bajo una lógica de ajuste

de cuentas. La insinuación reemplaza a la evidencia no por incapacidad, sino por

conveniencia. Es el arma del que necesita fabricar un monstruo para justificar su propio

resentimiento, transformando una plataforma de opinión en una herramienta de

destrucción personal.



Guerra cognitiva: de la fractura política a la cizaña personal – La guerra cognitiva, esa

técnica de alterar percepciones, ha descendido en este caso de la estrategia política a la

mezquindad. El objetivo ya no es solo erosionar la confianza en una institución, sino

envenenar relaciones específicas. El autor no se limita a sugerir un «resquebrajamiento

del chavismo» por peleas en redes sociales; va más allá y busca sembrar la cizaña entre

Luis Caldera y Gian Carlo Di Martino, inventando una «lucha a cuchillo» que solo existe en

su narrativa. Del mismo modo, el ataque a Juan Pablo Guanipa, calificándolo de «tequeño

cruo», no busca analizar una facción política, sino humillar a un individuo. Cuando la

guerra cognitiva se personaliza de esta manera, deja de ser un análisis de poder para

convertirse en un acto de bullying mediático. El resultado no es solo la fatiga social, sino

la degradación del debate a un pleito de vecindario, donde el objetivo no es ganar una

discusión, sino herir al vecino.



El negocio del apocalipsis y la extorsión mediática – El apocalipsis político como

modelo de negocio encuentra aquí su expresión más cínica: la extorsión. La columna ya

no solo vende «esperanza en cuotas semanales» a sus clientes; funciona como un mecanismo de presión. La pregunta que flotaba en El Bohemio era clave: ¿por qué tanto

odio hacia Di Martino? La respuesta es simple: porque el alcalde ordenó la ciudad y exigió

resultados, «rompiéndole el negocio a los que vivían del desorden». La amenaza implícita

es clara: o se me permite operar con impunidad, o usaré este espacio para destruir su

reputación semana tras semana. La denuncia de la auditoría no es una búsqueda de

transparencia, es un acto de extorsión mediática. El autor no administra miedo a una

nación para vender una ideología; lo administra a individuos específicos para vender

silencio o complicidad. Convertir el desastre en un modelo de negocio es degradante; convertirlo en una herramienta de chantaje es simplemente criminal.



 



El Pepazo



Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com



https://elpepazo.com/cuando-el-rumor-se-disfraza-de-periodismo-y-empieza-a-venderse-como-verdad-revelada/?fsp_sid=3565

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