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Las vacas de la estatua de Bolívar

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Por Luis Carlucho Martín

Corrían los días de 1874 y el mandatario de entonces, Antonio Guzmán Blanco, en su afán de seguirse agigantando ante la opinión pública, con su europeización estética impuesta en el país, y para ganar mayor popularidad en contraposición al depuesto Gobierno Azul, decretó que con dinero del gobierno central, tal como sucedió, se cubriera los costos de la estatua ecuestre que hoy, a sus 152 años, luce firme y vigilante en la plaza Bolívar de Caracas.

Con este mandato, el Caudillo de Abril –(como también se le conoció a Guzmán Blanco por encabezar en 1870 el desplazamiento del Gobierno Azul constituido por esa extraña alianza entre liberales y conservadores que venía de sacar del poder a Juan Crisóstomo Falcón, y desde entonces se alternaban la presidencia José Ruperto Monagas y Guillermo Tell, debido a la repentina muerte del ya anciano líder añil José Tadeo Monagas)– derogó las pretensiones de sus antecesores en torno a cargarle esos excesivos gastos al pueblo para reconocer al Padre de la Patria, jugada estratégica con la que además –según promocionó su gente– fue reconocido por justificar ese gasto de parte del Erario Público.

Como fuere, se trataba de enaltecer los valores libertarios e independentistas del Padre Bolívar en su cuna natal. Por ello reinó el entusiasmo para aquella gran fiesta popular que acontecería, según lo planificado entre el gobierno nacional y la empresa alemana fabricante de la obra del arquitecto italiano Adamo Tadolini, el 28 de octubre de 1874 en el marco de las Fiestas de la Paz por el onomástico de Simón Bolívar.

¿Idea copiada?

En esos días del siglo XIX reinó un afán estatuario para rendir honores a los próceres independentistas de diversos países, así como a los héroes populares de cada región en el resto del mundo. Incluso Bolívar había sido reconocido y exaltado fuera del país y fuera de Caracas.

Recuérdese que las máximas autoridades estadales no eran gobernadores sino presidentes regionales. Así las cosas, el presidente del estado Bolívar, Mateo Plaza, luego de que en su patio exhibiesen una magnífica obra de bronce con la figura del Libertador a pie –la cual contó con la primera cofradía de placeros o edecanes de Bolívar, que luego se instauró en Caracas–, decide en 1869, con el poder que le confería la Ley, ordenar una obra que magnificara al más grande de los venezolanos para ser instalada en la plaza Bolívar de la capital de la República.

Ya para esos días existía el monumento a Bolívar en una capilla de la Catedral. Aunque de aspecto muy fúnebre –según los críticos, lo cual no sugería el sentido de victoria y libertad que luciría como valor la nueva obra ante el público nacional y foráneo.

De manera paradójica, ese monumento de la Catedral –allí se iba a fundar el Panteón Nacional, pero jamás sucedió– donde además reposan los restos de sus padres y su esposa María Teresa del Toro, fue ordenado por José Antonio Páez, quien dirigió y ordenó las acciones para repatriar los restos de Bolívar, luego de que le negara el acceso al país cuando, por diversas razones, el Padre de la Patria lo requirió en días previos a su muerte el fatídico 17 de diciembre de 1830.

Volvemos al decreto del mandamás del estado Bolívar. Suponía la recolección de fondos por suscripción voluntaria con invitación a participar al gobierno central y los gobiernos regionales. Una vaca, pues, como se le llama en criollo.

Dicha propuesta fue seguida por una orden sancionada desde el gobierno del Presidente Guillermo Tell, quien afirmó que “la gratitud pública no puede permitir que siga careciendo la ciudad natal del Libertador y Fundador de cinco Repúblicas, de un monumento dedicado a su genio, sus virtudes y sus glorias”. Y se anexa a la idea de que todo, o casi todo el costo, sea asumido por la ciudadanía vía colecta. Una vulgar vaca.

No obstante, eso quedó solo en palabras, porque un año más tarde, en 1870 llegó al poder Antonio Guzmán Blanco. Se paralizó por tres años la negociación con la Real Fundición de Munich, encargada de darle forma final a la majestuosa obra. Pero al renegociar se llegó a un acuerdo, a pesar del sensible fallecimiento del destacado escultor que no pudo ver erigida en Caracas la réplica de la estatua ecuestre que desde 15 años antes lucía en la plaza del Congreso de Lima, Perú.

Revivió Bolívar náufrago

La inauguración de la perfecta estatua ecuestre no sucedió en la fecha prevista porque el buque danés Thora, que transportaba las 15 cajas contentivas de la obra acabada en bronce, encalló en Los Roques. El preocupante naufragio fue rescatado en dos viajes debido a lo pesado de la carga.

El incidente obligó a posponer la fecha de la gran fiesta popular para el 7 de noviembre de 1874, en donde la participación del pueblo se manifestó con máximos coloridos y una suerte de competencia entre quienes mejor adornasen los espacios públicos en las adyacencias de la plaza Bolívar.

Aquel ambiente patriotero fue coronado con Viva Venezuela, Viva la causa de abril, Viva la paz de la República, gritos de festejo de Guzmán Blanco, quien por fin declaró inaugurada la obra que desde entonces muestra al Libertador mirando al Occidente, quizás esperando se consolide la unión y la verdadera independencia.

Otros reconocimientos

Como acto de justicia por lo que entregó Bolívar en nombre de la libertad se diseminaron obras en su honor, no solo en Caracas sino en el resto del país, y fuera también. Honor a quien honor merece.

Se sabe que en su siguiente gobierno, Guzmán Blanco ordenó una estatua a pie en la antigua Universidad Central de Venezuela, así como una en Apure y otra en Valencia, a manera de exaltar esos valores patrios del gran Simón Bolívar.

Nada de estatuas ni figurillas de un tal George Washington…he dicho..

 

 

El Pepazo

Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com

https://elpepazo.com/las-vacas-de-la-estatua-de-bolivar/?fsp_sid=108898

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