El ventilador de El Bohemio giraba con esa lentitud que precede a las grandes revelaciones. Sobre la mesa del rincón, Anacleto había desplegado un recorte de prensa con un titular que parecía salido de una novela de espías: «¿Se cayó el Acuerdo del Siglo entre Venezuela y EEUU por el bocón del pedófilo?». A su alrededor, el pichón de periodista, la profesora, el coronel retirado, el boticario, el viejo periodista, el sindicalista, un obrero, Carmen, la estudiante de sociología y varios desconocidos de mesas cercanas esperaban con esa mezcla de expectativa y escepticismo que solo se respira en los cafés donde la política se discute con pasión y sin filtros.
El pichón de periodista, nervioso como siempre, fue el primero en hablar. «Anacleto, esto es un caos. Dicen que el acuerdo petrolero se está cayendo, que Trump quería 100 años y Delcy solo le dio 25, que los chinos y los rusos tienen contratos que no se pueden romper. ¿Qué está pasando realmente? ¿Cuál es la verdad en todo esto?»

Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las grandes noticias no se entienden con prisas, sino con el peso de la historia. Exhaló el humo hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas. «Camarita, lo que está pasando es que el imperio acaba de chocar contra un muro que no esperaba: el muro del tiempo. Trump quería 100 años de petróleo y Delcy solo le dio lo que se le ofreció: 25 añitos. El fabuloso negocio del siglo se encogió… y por mucho. Y esa diferencia cambia considerablemente la dimensión política del acuerdo.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó el informe publicado por Bitácora Económica. «Anacleto, el informe de Johan Pimentel deja al descubierto un dilema letal para los intereses del norte. Washington no encuentra la manera de hacer encajar sus concesiones con los contratos de Rusia y China. Pretendían adueñarse de todo, pero los verdaderos socios estaban instalados. Las autoridades venezolanas confirmaron que las empresas mixtas con Rusia y China seguirán intactas.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «¿Y eso qué significa, profesora?»
La profesora, en un tono pedagógico le respondió. «Significa, coronel, que la ministra de hidrocarburos, Paula Henao, dejó totalmente claro que las alianzas estratégicas no se tocan. Dijo textualmente: «Nosotros tenemos acuerdos con China y Rusia y son empresas mixtas con autorización vigente. Somos muy respetuosos de esos acuerdos y ellos continuarán ejecutando sus actividades.» Caracas acaba de demostrar que Estados Unidos no tendrá carta abierta durante un siglo, como lo afirmaba Trump, sobre el petróleo venezolano.»
Un desconocido de una mesa cercana, un hombre de unos sesenta años con el pelo cano y una libreta en la mano, intervino con voz firme y un dejo de escepticismo. «Pero señor Anacleto, ¿y el control? Chris Wright dijo en televisión que Estados Unidos controla la venta de petróleo fuera de Venezuela. ¿No es eso un dominio absoluto?»
Anacleto soltó una carcajada breve, seca, sin alegría. «Camarita, la arrogancia de Washington quedó expuesta cuando el secretario de energía, Chris Wright, pretendió presumir un dominio absoluto sobre la riqueza petrolera venezolana. Dijo: «Controlamos la venta de petróleo fuera de su país, así que se ven obligados a colaborar con nosotros.» Semejante frase demuestra su desespero». Se acomodó sus lentes de carey y continuó: «Pero la confusión en la Casa Blanca es tan grande que el propio Chris Wright terminó contradiciéndose en televisión solo una hora después. Acosado por las acusaciones de robo, el funcionario intentó suavizar el escándalo asegurando que el pacto traerá beneficios a Caracas. Ni ellos mismos se creen sus absurdos discursos.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y los 100 años? ¿De dónde salieron? ¿O… fue un invento del pedófilo?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Boticario, desde “Gringolandia” trascendió una estructura que contemplaba una concesión de hasta 100 años, como tema central, y dentro del proyecto, Washington tendría una participación aproximada del 55%. Eso significa una posición mayoritaria. Además, Estados Unidos tendría acceso privilegiado al petróleo producido. Hablamos de 17 campos petroleros, con aproximadamente 65.000 millones de barriles de petróleo recuperable.» Realizó un recorrido visual por toda El Bohemio y explicó: «Para poner esa cantidad en perspectiva, Gringolandia tiene aproximadamente 46.000 millones de barriles de reservas probadas. Es decir, los campos venezolanos incluidos en este proyecto contienen más petróleo recuperable que todas las reservas probadas gringas. Por eso lo estratégico que es este acuerdo para los yanquis, que no quieren limitarse a comprar petróleo venezolano, sino que quieren participar directamente en el negocio que lo produce.»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la vista. «Anacleto, ¿y por qué 25 años y no 100? ¿Qué cambia?»
Anacleto la miró con esa mezcla de ternura y dureza que reserva para las preguntas que vienen del corazón. «Mi niña… explotar completamente esas reservas podría necesitar más de 25 años. El acuerdo anunciado por Venezuela dura al menos 25 años, pero para desarrollar completamente los recursos se requerirá mucho más tiempo. Eso significa que los gringos podrían no alcanzar a desarrollar toda la capacidad petrolera contemplada dentro del horizonte inicial anunciado. Y aquí entendemos por qué aquellos 100 años tendrían tanta importancia. No era simplemente una cifra espectacular, era tiempo… tiempo para invertir, tiempo para reparar la infraestructura, tiempo para perforar, tiempo para aumentar la producción y tiempo para recuperar sobre todo los miles de millones de dólares que Estados Unidos va a invertir en Venezuela.»
Carmen, desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, ¿y por qué es tan difícil sacar el petróleo?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Mi estimada Carmen, Venezuela no tiene 65.000 millones de barriles esperando a que se los lleven en barcos. Están debajo de la tierra. Una enorme cantidad se encuentra en la faja petrolífera del Orinoco y buena parte es crudo extra-pesado. Eso exige tecnología, infraestructura, mejoradores, oleoductos, refinerías, personal especializado y muchísimo billete» Trató de hacer aros con el humo que exhalaba, y no lo logró. «La inversión prevista ronda los 100.000 millones de dólares. Es un intento de reconstruir una parte considerable de una industria petrolera que sufrió décadas de deterioro y de falta de inversión por culpa de las unilaterales e ilegales sanciones, bloqueos y saboteos con las que EEUU trató de asfixiar al país. Y eso nunca pasó.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, golpeó la mesa con el puño. «Anacleto, todo esto es muy interesante, pero ¿qué gana Venezuela con este acuerdo?»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, y con la voz clara, respondió: «Camarita, Venezuela necesita inversión y este acuerdo promete cantidades gigantescas. El acuerdo calcula aproximadamente 209.000 millones de dólares en ingresos para Venezuela durante el desarrollo del proyecto, tomando como referencia un barril de alrededor de 65 dólares. El cálculo presentado por el gobierno venezolano representa aproximadamente 19 dólares por cada barril producido. Pero Venezuela obtiene algo todavía más importante: capital extranjero para recuperar su industria petrolera. Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo en todo el planeta, pero durante años no tuvo la capacidad suficiente para explotarlas. Eso puede empezar a cambiar.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiados acuerdos energéticos, intervino. «Anacleto, y China. ¿Qué pasa con China en todo esto?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que el dragón no se queda quieto. «Camarita, China lleva años metida ahí en Venezuela, comprando petróleo, prestando dinero, construyendo influencia, mientras gringolandia sancionaba a Caracas; mientras eso pasaba, China ocupaba espacios. Ahora Washington está tratando de regresar directamente al corazón económico venezolano. Pero las decisiones sobre la riqueza nacional no se toman en el despacho oval: las toma Delcy en Miraflores. China, el mayor consumidor del planeta, y Rusia, el gigante del gas, no van a ceder terreno en la región. Caracas lo sabe perfectamente y no traicionará a sus compradores principales para dar gusto a exigencias externas.»
El obrero, que había estado escuchando con atención, levantó la mano. «Anacleto, ¿y el petróleo que Estados Unidos quiere para sus reservas?»
Anacleto exhaló una bocanada de humo con lentitud deliberada. «Camarita, la reserva energética de petróleo de Gringolandia cayó este mes hasta aproximadamente 290 millones de barriles, un nivel cercano a mínimos de 44 años. Y Trump ya dijo que pretende utilizar el petróleo venezolano para ayudar a reconstruir esas reservas. Esto nos permite entender la urgencia gringa. Washington no está pensando solamente en cuánto cuesta llenar el tanque de un automóvil, está pensando en seguridad energética, está pensando en Irán, está pensando en posibles interrupciones internacionales del suministro y está pensando en tener petróleo disponible dentro del propio continente americano.»
El coronel retirado, con su voz grave, sentenció. «Trump consiguió el petróleo, pero no consiguió el tiempo que quería para explotarlo. El «felon convicted» tendrá que explicar a sus inversionistas cómo perdió el negocio por no entender que los contratos antiguos con China y Rusia se respetan y se respetarán siempre.»
Anacleto asintió, golpeando suavemente la mesa con los nudillos. «Exacto, coronel. El negocio sigue siendo gigantesco, pero Trump quería una victoria para generaciones, quedar en los anales de la historia yanqui como el presidente que logró ese acuerdo. Y Venezuela le puso un freno: 25 años en el reloj. El desenlace de esta crisis marcará un hito histórico en la geopolítica energética global. Gringolandia pretendió imponer un monopolio arcaico, pero chocó de frente con un muro infranqueable construido por potencias emergentes y dignidad soberana.»
Se levantó y caminó hacia la ventana. Carmen le sirvió un café sin preguntar. Luego se sentó de nuevo en el taburete, de espaldas a la mesa y con voz clara y fuerte, soltó: «Simón Bolívar dijo que «la soberanía es la autoridad suprema de un pueblo para regirse por sí mismo». Y eso, camaritas, es lo que está en juego. No el control de una cuenta bancaria. La soberanía de un pueblo que ha decidido resistir sin inmolarse. La presidenta encargada Delcy Eloína Rodríguez le dejó claro al enviado de Donald Trump que este país manda la voluntad popular y no las exigencias norteamericanas, y remató su pronunciamiento con absoluta firmeza: «La soberanía no se negocia. A Marco Rubio le decimos con claridad que Venezuela es un país soberano y merece respeto.»»
Dio un sorbo de café y continuó: «Eduardo Galeano escribió que «la dignidad es un lujo que solo pueden permitirse los que no tienen nada que perder». Y nosotros, camaritas, hemos perdido mucho. Pero no hemos perdido la dignidad. El cerrojo legal contra los planes del pedófilo y Narco Rubio fue activado por los miembros de la Asamblea Nacional en pleno y unánimemente. Washington acostumbra a tratar a las naciones suramericanas como piezas de ajedrez geopolítico para controlar recursos energéticos estratégicos. ¿Es casualidad que cada vez que EEUU «salva» la democracia de un país encuentra petróleo y otras riquezas naturales? Hay que ser bien ingenuo para creer eso.»
Se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y cerró: «Fiódor Dostoievski escribió que «el tiempo es el único recurso que no se puede robar, comprar ni secuestrar». Y eso, camaritas, es lo que Venezuela le ha demostrado al imperio. Trompas consiguió entrar, pero Venezuela puso fecha de salida. Y convertir una ambición de hasta 100 años en un acuerdo anunciado de 25 años solamente es un golpe, un golpe fuerte y considerable para la victoria total que el pedófilo quería presumir. Tic tac, tic tac, tic tac… el tiempo se le va a acabar bien rápido.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con su sol ardiendo, su calor y su terquedad infinita. El ventilador siguió girando y chirriando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Le alcanzará el tiempo al imperio para sacar el petróleo que quería, o Venezuela ya le puso fecha de salida al reloj de los 25 años?
La aritmética del tiempo: por qué 25 años no alcanzan para el imperio – Trompas quería 100 años de petróleo y Delcy solo le dio lo que se le ofreció: 25 añitos. El desarrollo completo de los 17 campos petroleros, con reservas de 65.000 millones de barriles, requeriría inversiones de 100.000 millones de dólares y un horizonte temporal que excede los 25 años anunciados. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros ha señalado que «la diferencia entre 25 y 100 años no es una diferencia de tiempo, es una diferencia de proyecto: uno es un negocio, el otro es una colonia». Venezuela puso un límite claro: el petróleo es suyo, y el tiempo también.
La jugada de Delcy: soberanía sin romper alianzas – Venezuela conserva la soberanía sobre sus recursos naturales. La ministra de hidrocarburos, Paula Henao, dejó claro que las empresas mixtas con Rusia y China seguirán intactas. Caracas acaba de demostrar que EEUU no tendrá carta abierta durante un siglo sobre el petróleo venezolano. El analista geopolítico venezolano Carlos Romero ha señalado que «la estrategia de Delcy es la de un ajedrecista: no rompe con nadie, pero no se entrega a nadie». El resultado es un equilibrio inestable pero favorable: inversión yanqui sin exclusividad, alianzas euroasiáticas sin ruptura.
El reloj del imperio: cuando la urgencia energética se vuelve debilidad – La reserva energética de petróleo de Estados Unidos cayó este mes hasta aproximadamente 290 millones de barriles, un nivel cercano a mínimos de 44 años. Trump ya dijo que pretende utilizar el petróleo venezolano para ayudar a reconstruir esas reservas. El analista financiero Michael Pettis ha señalado que «Estados Unidos no está pensando solamente en cuánto cuesta llenar el tanque de un automóvil, está pensando en seguridad energética». Esa urgencia es la que le da a Venezuela su carta de negociación. El tiempo se le va a acabar bien rápido. Y cuando el reloj marque cero, el imperio tendrá que decidir si sigue esperando o si acepta que el petróleo venezolano no se entrega, se negocia.
El Pepazo
Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com
https://elpepazo.com/se-cayo-el-acuerdo-del-siglo-entre-venezuela-y-eeuu/?fsp_sid=63611









